NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD.

DEVOCIÓN Y RELIGIOSIDAD EN PLIEGO

 

                En el año 1560, llegó a España Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Traía una pintura flamenca de la Virgen María en su Soledad que oraba de rodillas ante la Cruz. Un fraile mínimo del Convento de la Victoria de Madrid quiso tener una copia. Su intermediaria ante la reina solicitó que le permitiera copiarla, pero no exactamente igual, sino en escultura. La tarea se encargó al escultor Gaspar Becerra.  La reina rechazó los dos primeros modelos de la imagen. Gaspar Becerra dejó las imágenes rechazadas en el convento de los Mínimos de la Victoria y San Francisco de Paula de Madrid, en la Carrera de San Jerónimo. La imagen era de vestir, por tanto bastaba con realizar la cabeza y las manos para ponerlas sobre una estructura recubierta de ropajes. Este modelo iconográfico de la Virgen de la Soledad fue difundido por los religiosos mínimos por toda España: nos ofrece a la Virgen como una madre de serena belleza, vestida con el tocado típico de la viuda de Castilla en el siglo XVI, con saya blanca y manto negro, las manos juntas y la cabeza levemente girada. Esta imagen comunica tristeza y resignación ante la pérdida de su Hijo, e invita a la oración callada.

            Hasta la primera década del siglo XVI (año 1507) no existía en Pliego un lugar de culto permanente donde pudieran acudir los vecinos a vivir sus devociones. Los visitadores generales de la Orden de Santiago habían mandado en la Visita del año 1495 que se pusieran en depósito las primicias y rentas de unos bancales de Santero hasta que se proveyese donde levantar una iglesia para que los cristianos tuviesen una “casa de oración como católicos han de tener”.

            Poco desp

ués de la conversión de todos los vecinos la mezquita pasó a usarse como iglesia y se dedicó a Nuestra Señora. Su fiesta se celebraba el 15 de agosto, día de la Asunción. Era “una casa pequeña armada sobre un pié de yeso fecha a dos aguas, cubierta de madera, costra y caña. Ay en la dicha iglesia un altar, e está en él la ymagen de Nuestra Señora de bulto puesta en la pared. Tyene alrededor otra imágenes” (Visita de 1507). Esta pequeña iglesia pasó a ser ermita cuando se acabó de construir la nueva iglesia, dedicada a Santiago Apóstol. En ésta se veneró a Nuestra Señora del Rosaro, que contó con una cofradía propia: “al lado de la espístola en una de las dos capillas referidas en la descripción de la iglesia tiene otro altar tanvién de hieso adornado con todo lo preciso para celebrar, y sobre este altar una ymagen de Nuestra Señor del Rosario con su bestido de raso encarnado y su Niño en los brazos, colocada en un nicho en el hueco de la pared” (Visita de 1720). Más tarde se colocó en la zona del altar mayor a la Virgen de los Dolores, que no contaba con capilla propia.

            Paralelamente comenzó a venerarse a Nuestra Señora de los Remedios, también con su Cofradía y una ermita propia en un promontorio al lado del antiguo Camino de Murcia, a las afueras de la villa. “La dicha ermita se compone de tres naves cortas y angostas. Su cubierta es de madera de pino con tavia. Contiene tres altares: el principal donde está la estatua de Nuestra Señora de los Remedios en un nicho en la pared. A el lado del evangelio uno de los otros altares en donde está la estatua de Jesús Naçareno. A el lado de la epístola donde está la estatua de Nuestra Señora de la Soledad. Tiene su sacristía pequeña. Y conjunto a dicha ermita un quadro para los ermitaños. Tiene su plaçeta çercada de almenas” (Vista eclesiástica de 1693).

            En este lado derecho (donde hoy está Nuestro Padre Jesús) podemos contemplar unas pinturas que serían realizadas poco tiempo después de la construcción de la actual ermita en el siglo XVIII. Representan el corazón atravesado por 7 espadas, emblema de la Virgen de la Soledad. Se repite tres veces. Uno está en el arco de la capilla. Los otros dos están en las paredes interiores de los laterales de la capilla: rodeado por una cinta con un lazo en la parte superior de color amarillo ocre, y custodiado por dos angelitos. Bajo el corazón hay una colorida guirnalda de flores y la caña con el hisopo y la escalera, símbolos de la Pasión de Cristo. Estas dos pinturas son iguales, pero simétricas como si se reflejaran en un espejo. Lamentablemente su estado de conservación no es bueno. Interesante es el paralelismo de estos ángeles con los de la Virgen de la Soledad de la Victoria que portan instrumentos de la Pasión (los clavos y el martillo) y la guirnalda que hay al pie de la imagen de la Señora.

            Aunque las Visitas santiaguistas no nos aportan más datos sobre la veneración de la Virgen de la Soledad, sabemos que fue muy querida y que procesionaba por las calles del pueblo en la Semana Santa. Una muestra de este cariño a la Soledad nos lo muestra el testimonio que nos ha llegado de una factura de un manto y una corona nueva que se hicieron en el año 1905: el encargo lo realizó la famosa casa de Antonio Lucas Ruiz, de Murcia. Don Juan Francisco Pascual Rubio pagó, el 13 de abril de 1905, 650 pesetas por un manto de terciopelo, bordado con oro fino, puntilla de oro fino y agremán falso.

            Poco tiempo después la Camarera de la Virgen, hermana de Juan Francisco Pascual, encargó otro manto y una corona de plata. Por la carta de Antonio Lucas Ruiz, en Murcia, 8 de abril de 1907, deducimos que el encargo resultó más costoso de lo previsto en un primer momento. La carta decía así: “Señora Doña Josefa Pascual Rubio, Pliego. Muy Señora Mía: Siento muy de veras el disgusto de usted, cuando mi deseo no ha sido más que sabiendo que a usted le gusta lo bueno, hacer bien lo del manto, aunque le costase un poco más, pues es cosa que le ha de durar toda la vida. Por lo que respecta al dinero, no tenía usted necesidad de haberlo pedido, pues yo la hubiese a usted esperado el tiempo que usted hubiese querido, pues tengo en usted mayor confianza. Respecto a la corona, puede usted asegurar que es de plata de ley, y que está trabajada a cincel, que es muy distinto al trabajo de modelación, pues mientras el primero es un trabajo artístico y original, del segundo se pueden hacer todas las reproducciones que se quieran. Cuando pase por esta [ciudad] tendremos muchísimo gusto que pase por esta casa. De usted afectísimo P.P. de A. Lucas F. Martínez de Lucas”.

            En la Ermita, frente a Nuestra Señora de la Soledad está Jesús Nazareno llevando la Cruz. Podemos contemplar como se miran. Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, cuando encuentra a su Madre Santísima, junto al camino por donde Él pasa. Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo.

            “¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor!” (Lamentaciones 1, 12). Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús. Se ha cumplido la profecía de Simeón: “una espada traspasará tu alma” (Lucas 2, 35)

            “En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina. De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús, aceptando siempre y en todo la Voluntad de su Padre, de nuestro Padre. Sólo así gustaremos de la dulzura de la Cruz de Cristo, y la abrazaremos con la fuerza del amor, llevándola en triunfo por todos los caminos de la tierra” (San Josemaría Escribá, Via Crucis, Cuarta Estación).

 

José Pascual Martínez